lunes, 30 de agosto de 2004

¿Mala economía o mala leche?

El 23 de agosto, Juan Carlos de Pablo escribió en su columna de opinión habitual en El Cronista:

"Una del par de tradicionales empresas petroleras privadas que operan en Argentina, estaría por dejar nuestro país, vendiéndole sus activos a la petrolera venezolana y Enarsa, la nueva empresa pública argentina. Más allá de lo que cada uno piense sobre el funcionamiento futuro de dichas instalaciones (¡menos mal que no son las únicas destiladoras y expendedoras de combustibles!), debe puntualizarse que se trata de un subproducto de las retenciones a la exportación. Porque; ¿a qué precio compra petróleo, una empresa que "sólo" destila y expende el producto? A precio internacional, se funde, porque el precio local de los combustibles no refleja dicho precio internacional de la materia prima; y a precio internacional, neto de retenciones, me pregunto qué incentivo tienen las otras empresas, que sí hacen exploración y explotación, para venderle (no es lo mismo dejar un campo en barbecho, que reducir el ritmo de exploración y explotación petroleras)."

Esto es falso. La decisión de Shell de dejar de operar en Argentina es sólo parte de una estrategia regional. A modo de muestra, Shell también está dejando Chile y que yo sepa nada tiene que ver la suba de retenciones aquí.


jueves, 19 de agosto de 2004

La política del exabrupto

No son pocos los funcionarios de gobierno que se van de boca. Quizás el ejemplo más flagrante sea la respuesta de Hannibal Fernández - el ministro del Interior - a la carta de la madre de Nicolás, el adolescente secuestrado.

En alguna parte de su respuesta dijo "la alusión al Museo de la Memoria que hace la señora y otros comentarios que denotan su forma de pensar no me parecen felices". Relean: "denotan su forma de pensar". En la paranoia ideológica que acompaña a muchos funcionarios del gobierno, los Blumberg o los Garnil utilizan políticamente su dolor. Por eso es que Fernández y compañía se ven en la necesidad de responder ideológicamente y juzgar, entonces, la "forma de pensar" de quien los crítica.

Supongamos por un rato que los Fernández de este mundo tienen razón y los Blumberg y los Garnil efectivamente explotan su sufrimiento con fines políticos. ¿Y eso qué importa? ¿Acaso eso hace que el problema de seguridad sea menos dramático? ¿Es posible encontrar una familia argentina uno de cuyos integrantes no haya sido víctima de un delito en los últimos años?

Sigue juzgando Fernández cuando apunta a Garnil como esa "parte de la Argentina que descubre el dolor cuando le toca". Cuando Fernández se burla de Garnil, o la descalifica, también lo hace con el dolor de los menos y con la inseguridad de casi todos. Porque ellos, los funcionarios, van con custodia.

lunes, 16 de agosto de 2004

Metas de inflación: ni muy muy, ni tan tan

Mi colega Franciso Sanchez publicó en El Economista del 14 de agosto (y en su blog) una crítica interesante del ensayo de Abeles y Borzel sobre metas de inflación que transcribo:

“Metas de inflación: implicancias para el desarrollo” por Martín Abeles y Mariano Borzel. CEFID-AR. Mimeo.

La mecha del debate sobre la política monetaria está encendida y ahora se suma a la fogata el Centro de Economía y Finanzas para el Desarrollo de la Argentina, el think tank que armaron los bancos públicos (Nación, Provincia y Ciudad) y el Banco Credicoop para dar batalla en la pelea intelectual. Los adversarios intelectuales del CEFID-AR son conocidos: el CIF (Universidad Di Tella, liderado por Eduardo Levy Yeyati), el CEF (apadrinado intelectualmente por Miguel Kiguel) y el CEMA (dirigido por Carlos Rodríguez). Y hay que darle la bienvenida al CEFID-AR en tanto es una visión alternativa en contraste con una década de cierta hegemonía del pensamiento ortodoxo.

Abeles y Borzel se ocupan de realizar una crítica muy dura de la política de metas de inflación. En principio, apuntan, la política de metas de inflación es el ropaje moderno de las tradicionales políticas monetarias ortodoxas para las cuales “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario” (Milton Friedman dixit) y que se postulan incapaces de influir en el nivel de empleo en el largo plazo (y en sus versiones más duras, inclusive en el corto plazo). Así, una vez que la economía está cerca de su tasa de desempleo que no genera una aceleración inflacionaria (o NAIRU como se la conoce por sus siglas en inglés) poco podría hacer – y nada debería intentar - un Banco Central para ayudar a generar puestos de trabajo.

Este debate es de suma importancia para la economía argentina donde puede ocurrir que la recuperación salaria y de empleo termine produciendo algún recalentamiento de la economía y presionando sobre los precios. Y si bien todavía hay suficiente capacidad ociosa y parece que el exceso de oferta de trabajo domina la dinámica económica, discutir el rol que el banco central debe tener en sostener la recuperación sin inflación (o con inflación moderada) es imprescindible.

En ese sentido, el trabajo de Abeles y Borzel es poco convencional porque no simplemente se limita a la discusión macroeconómica de corto y mediano plazo sino que desde su título se plantea cuales son las “implicancias para el desarrollo” de las metas de inflación. Allí, los autores cuestionan las metas de inflación por sus implicancias sociales: cuando la creación de empleo o la recuperación del salario se subordinan al control de la inflación, implícitamente se ve al desempleo “como regulador de los conflictos de clase”. Y buscan apoyo intelectual en economistas como Kalecki o Marx para apuntalar esa visión.

Más allá de las debidas felicitaciones a la aparición de este primer documento del CEFID-AR, tiene algunas debilidades que hay que señalar. Primero, Abeles y Borzel pelean contra un enemigo inexistente: las políticas concretas de los muchos países que dicen aplicar el inflation targeting no se parecen a la visión extrema con la cual discuten en el ensayo. Ni siquiera en el caso de aquellos veinte países que siguen – según los autores – un régimen puro.

Tampoco existen en el caso argentino. El propio Alfonso Prat Gay definió su política monetaria como “discrecionalidad acotada” y la describió de la siguiente manera:

“La meta de la autoridad monetaria debería ser evitar un movimiento en el precio de la canasta de bienes en exceso de un determinado porcentaje, por encima o por debajo de la normal. Al definir cuál es el ritmo de crecimiento normal de los precios, la autoridad monetaria debe tener en cuenta la situación del empleo, el volumen de producción, la demanda efectiva de crédito que enfrentan los bancos, el flujo de circulante, las estadísticas de comercio exterior y los tipos decambio. Siempre dentro de un marco de valoración y discreción”.

La cita es nada menos que de John Maynard Keynes a quien ni siquiera Abeles y Borzel se atreverían a calificar de ortodoxo. Más aun, la definición elegida por Prat Gay muestra una preferencia por una política monetaria de objetivos múltiples (o bien de un objetivo pero contemplando restricciones de la economía real) antes que la versión estilizada de la que se ocupan los economistas del CEFID-AR. En un seminario reciente, el economista Roberto Frenkel – citado aprobatoriamente por Abeles y Borzel – se refirió de manera elogiosa a la política monetaria del banco central diciendo: “si no está roto, no lo arregles”. ¿Por qué entonces Abeles y Borzel hacen tanto ruido por algo que “no está roto”?

Hay un asunto aun más serio. Los autores tienen derecho a discutir con quien quieran en la academia. Ocurre que en el camino subestiman la problemática inflacionaria, y esto es particularmente grave para el caso argentino, cuando argumentan que “la evidencia empírica indica que tasas inflación moderadas no necesariamente ejercen una influencia negativa”. Y citan un estudio de Bruno y Easterly donde se concluye que “tasas de inflación inferiores al 20% anual no ejercen una influencia negativa sobre la economía real”. Y agregan, citando a Dornbusch y Fisher que “existe un rango de inflación moderada, entre 15% y 30% anual, que puede ser sustentable durante períodos prolongados de tiempo sin ocasionar perjuicios económicos.”

A ver si se entiende. Esto es como si al estudiar una población de hombres y mujeres normales se concluyera que comer con sal en forma “moderada” no es dañino y luego se extendiera esta conclusión para un paciente con hipertensión que se recupera de un by-pass múltiple. Para apoyar su caso, Abeles y Borzel también citan a Keynes:

“la inflación es injusta y la deflación inconveniente. De las dos, tal vez la deflación es la peor, si excluimos inflaciones exageradas como la de Alemania; porque es peor en un mundo empobrecido provocar desempleo que decepcionar al rentista.”

Vale la pena releer bien esta cita. Seguramente el propio Keynes habría aceptado que la inflación que sufrió en el pasado Argentina es “exagerada” y que bien vale tener una tasa de inflación baja, en lugar de una moderada. Segundo, que en general es la inflación exagerada la que va asociada al desempleo así como a la decepción del rentista. Y la distancia entre lo moderado y lo exagerado no siempre es grande en países de historia inflacionaria, mecanismos indexatorios y carteras dolarizadas. La paradoja del caso argentino es que, debido a la memoria inflacionaria, la prudencia monetaria es una política progresista como bien saben y aceptan los buenos economistas heterodoxos. Subestimar este problema es síntoma de desmemoria inflacionaria.